Esa paloma baya
picotea la tierra,
picotea mi alma y
se la lleva lejos.
La suelta luego en el río
y unos remeros voladores
la traen de vuelta hasta mis ojos
que se cierran a su paso.
El agua arrastra el sol
de enfrente.
de Ernesto Pentón Cuza
Esa paloma baya
picotea la tierra,
picotea mi alma y
se la lleva lejos.
La suelta luego en el río
y unos remeros voladores
la traen de vuelta hasta mis ojos
que se cierran a su paso.
El agua arrastra el sol
de enfrente.
Sucede que un
pájaro se detiene a mirarme
con esa diáfana efervescencia
con que miran
los pájaros la aurora
y que detiene el tiempo
y que
detiene el tiempo.
Sucede, amigos míos, que la voz
se raja en dos al alba
mientras camino
con los zapatos viejos por el puente
y me atraviesa el río y
me atraviesa el río.
Sucede que me escurro
entre los brotes
de la
transparente caricia:
larga sombra en la luz,
trazo largo y fino
y alado de luz.
Y sucede, amigos,
que todas estas cosas me suceden
¿a mí o a ese otro escribiente?
cuando se posa el alma en la ventana
por donde brota el tiempo,
por donde brota
el tiempo.
En la esquina
la fachada de la luz
se transparenta
y la calle frontal
se hace oblicua entre mis pasos.
Me detengo sin saber
qué camino tomar,
mientras la gente pasa y
me atraviesa.
Un paso más
y tal vez aparezca
en otra esquina.
La claridad del cielo,
la claridad de la calle vacía al amanecer
(los pasos escondidos entre sueños,
la mirada perdida).
La claridad de los ojos
que se tropiezan con tus ojos
ebrios de luz, enamorados
de la quietud equidistante.
La claridad de los naranjos
colgados al sol,
filtros de eternidad,
miradas indiscretas
que voy viendo y
perdiendo.
La claridad de los altos muros
que guardan el tiempo
para que no se escurra por las calles
mientras avanza el día y avanzamos
por esta claridad
que lo inunda todo.
Vuelves,
desde la otra acera,
el rostro
que la luz absorbe
y se estremece de ensueño,
paso a paso entre la sombra
de los altos naranjos,
tejidos de humanidad.
Miras
el rostro que te mira
y pasa por la calle
saltando…
(el tiempo es oro
o arena entre las manos)
…y tú sonríes a cada reflejo
de la gente
que ahora pasa por ti.
La luz te toca entre los ojos
y es el ojo que abres la sorpresa…
El otro mira adentro,
mira adentro.
El rayo que entra por la ventana
es una puerta al
infinito latir.
Del otro lado, la claridad pinta el mundo:
Hay árboles que te doblan en edad,
hay un sonido de aguas…
y gente que camina con tus pasos.
La luz se mete entre las sábanas.
Despiertas.
¡La claridad es más grande
que tú!
Nada soy yo
sino tus ojos
que miran la luna
náufraga de
oscuridad,
de hojas invisibles,
de signos
sobre las hojas,
de transmutaciones
al alba, en fin,
de cosas
que sólo tus ojos
pueden leer.
En el campo
de las amapolas,
la chica juega con la brisa
radiante.
Sus ojos a trasluz
sorprenden el
espacio de la dicha.
En el jarrón,
las flores secas
rescatan el espacio
de la perpetuidad
y el sonido del reloj
perfuma la casa.
Por las paredes,
la luz del fuego
juega con las sombras
y el cálido reflejo de tus ojos
me recuerda que existo
sólo porque tú
me miras.
En mi sillón, a oscuras,
palpo estas cosas
con las piernas colgadas del silencio
y me digo a mí mismo
que todo pasa.
Mañana otro dolor
a mis espaldas
reclamará este recuerdo.
Hecho una pelota,
ruedo por el campo al sol,
por la vereda que me oculta
el tiempo
y las ganas de besarte,
corazón,
en la nuca de tus palmares.
Ruedo por la pendiente,
que rueda hasta el río,
que rueda hasta el mar…
Y en el mar,
hecho una pelota de algas,
me siento entre tus brazos.
Pero no hay campo,
ni sol,
ni río rodante.
Es invierno, estoy en casa
y sólo ruedo
por tu pecho de isla:
inmenso,
profundo.
Y así camina
la chica por la calle
desenfadadamente
frente al frío del amanecer.
Lleva en su pelo el sol rojo
y en sus ojos la fuerza
de la juventud.
Avanza por la calle que la ignora
como una hoja en el viento,
transfigurada en animal salvaje,
transfigurada en pájaro multicolor.
Mis ojos se llenan de su risa
desenfadada
frente al frío del mundo.
No sé si miras
la sombra entretejida de luz
o la luz que se mete
entre las hojas.
No sé qué ves
en los claroscuros del césped,
reflejo
del viento en las copas de los árboles,
espejo
de tu alma.
Sólo sé que el tiempo
a veces
posa para tus ojos
en este lugar
olvidado de la mano de dios.
Y nadie sabe entonces
lo que recordará
el tiempo
en tus ojos.
Chica que
camina por el parque
con su
mochila al hombro
y su
bamboleo
de caderas en flor.
Ríe y
se salta la mirada que
sigue al vuelo su resplandor.
Hecha de
esa sustancia leve
que llena el parque a estas horas
entre fibras de luz.
Por los pliegues
de mi alma abandonada,
entra tu voz
como el rayo de luz
que cruza el valle.
Por las
sinuosas calles de mi alma
abandonada al tiempo
de las cosas,
entra tu voz
y me saca al valle limpio
de infinitos naranjos:
soles de invierno.
Brillan
tus ojos silentes
desde el banco
que mira la tarde
pintada en el cielo
con trazos de
color naranja:
reflejo del suelo
de otoño.
Saltan
tus ojos al vuelo
-ave misteriosa y
cálida-
dentro de la tarde:
círculo en el viento
(olvidada de todo
y de ti).
Y yo me quedo
al borde del poema
sin más auxilio que
tus ojos cálidos…
En el banco
de un parque
en otoño.
A contraluz, las hojas
rojas se encienden…
Y el brillo de los ojos
de esa muchacha,
erguida frente al horizonte,
crea el otoño en mis ojos.
Pájaros de atardecer.
Tus manos
de fino encaje
acarician el viento.
Tu boca
de labios breves
besa el tiempo.
¿Estás ahí
o eres el sauce todo
que nos mira?
Crece adentro la luz.
Tus manos invisibles
la van cortando
letra a letra en el papel,
que se dobla
como un cometa al viento.
Y en el salón, las sombras
se apagan
acurrucadas en los rincones.
Se abren de par en par
los portones del alba.
Tu rostro,
hecho de sol,
ríe en el aire.
Un hombre busca una mujer.
En la premura de sus ojos
la mujer cambia de rostro.
Ahora es agua quieta,
ahora un animal salvaje,
un colibrí, un rabo de nube, la mar
al otro lado de los montes.
Siempre es ella misma
tras el espejo de sus ojos
aunque a veces
se desdibuja con la lluvia.
Y él la vuelve a pintar
desesperado:
ahora un rayo de sol,
ahora la lluvia,
un gato negro, una luna redonda,
un árbol,
la brisa que viene del mar
más allá de los altos montes…
O, simplemente, no es nada.
El viento se ha llevado
las flores del naranjo.
Pero el perfume sigue ahí,
entre las hojas quietas,
y el eco de la voz del viento
aún permanece.