Bajar al agua
y a los juncos
con esa voz delgada
como de agua que corre
a su destino:
agua en el Agua.
Los patos
abren un camino…
Y los peces rojos
en el trampolín
bebiéndose las horas.
de Ernesto Pentón Cuza
Bajar al agua
y a los juncos
con esa voz delgada
como de agua que corre
a su destino:
agua en el Agua.
Los patos
abren un camino…
Y los peces rojos
en el trampolín
bebiéndose las horas.
Se aproxima a la niebla
(la toca apenas con los cascos,
con el vapor de sus andares).
Las ramas de los cuernos
intentan desgranar
el follaje del ensueño.
Sabe que más allá le aguarda
lo desconocido:
¡una esperanza de bosque
que habría que soñar!
Adivina en el acto que
ya no será más él mismo
y entra en la niebla alucinante
erguido como un árbol.
Oculto entre las ramas
del sauce,
miraba tu cuerpo desnudo.
¿O era el viento?
Mis ojos tras tu risa
volaron…
El sol danzó en tus manos,
entre las ramas.
¿O era un colibrí?
Las niñas juegan con el
perro junto al río.
La luz no las asombra todavía,
pero las prefigura casi
al borde de esa caricia…
La imagen en pausa está llena
de esa alegría transparente
que el perro trae del agua y deja
en la tierra resplandeciente.
¡Está saliendo el sol,
amigos míos,
está saliendo el sol entre las casas!
Se me mete en la piel la noche entera,
un globo en carnaval,
un río que rueda musical por la avenida.
Y ruedo yo con él.
La noche que hace apenas
una mirada era oscura
se ilumina por dentro y me explota
la piel.
Soy más tenue que la sombra
de los árboles,
más silente que mis pasos
por la calle vacía
de gente y llena de luna.
Y a cada desplazamiento de mi alma,
la noche entra en mí:
larga boca flotante que besa el tiempo.
Se me pierden los ojos
por los pliegues de la noche,
se me esconde la voz.
La luna rueda musical por la avenida.
Hay noche en la superficie del río
que brilla como con luz propia
y como con
sus propias alas se mueve.
¿Hacia dónde?
Hay música en las márgenes
del río,
como si los juncos aullaran a la luna
sumergida en el agua.
Callecita abajo, hay
callecita abajo un árbol
que no atraviesa el sol
y sí los pasos
primeros de la noche.
Si yo fuera ese árbol,
¿qué sentiría?
al ver bajar la callecita
los corazones de los hombres.
Eso no soy, aunque
querría serlo a veces, como el ave
de vuelo infinito.
Las alturas del mundo y las
profundidades del mundo,
el jacarandá de paso ligero en la avenida,
la voz ardiente del río.
Mi voz es sólo una huella de pasos
que el sol de esta ciudad quema,
pero a veces
querría ser ese murmullo del sol
o esa voz que sale del agua
cuando yo la miro.
Desde tus pies al sol,
se abre el universo:
una calle no más,
olvidada a fuerza de
repeticiones.
Y al otro lado, tú,
te miras y no te reconoces:
¿viento?
¿agua?
¿luz?
Te buscas en cada paso
frente a los árboles del río.
El viento se desliza
por tu pelo… por las hojas
del álamo temblón.
Tus pies están llenos de esas arrugas
que crecen bajo la tierra
para convertirse en insectos
de colores
al amanecer.
Yo estoy aquí sentado
pero no estoy…
Estoy volando con las
golondrinas,
cantando, ladrando, alborotando el aire.
Soy ese naranjo que orinan los perros,
que golpean los niños,
que besan los pájaros.
Soy el que pasa en bicicleta y se ríe
de mí,
que no estoy más que como
está la tarde en las hojas:
aguardando, sonriendo, perdiéndose…,
dejándose caer
en la noche.
Suenan las campanas.
¿Es el latido
de los árboles,
de ese pájaro que corta el aire,
que raja en dos al sol?
Suena una música en
mi alma
¿o es la risa del parque…?
Y luego ese silencio
que me arrastra hasta la tierra misma.
Y esos árboles que crecen.
Y esa mirada que se alarga.
Aquí sentado, parece
que el tiempo no
existiera, aunque las bocas
se mueven en los rostros,
y los ademanes gráciles
de esas muchachas se confunden
con los reflejos de los peces en el agua,
y el silencio traduce
los movimientos de las cosas
en una lengua dulce
y apacible.
En todas las cosas
que se posan
está mi alma posada,
mirando el camino
que se abrirá
cuando el viento las empuje
hacia el centro.
Dos o tres pasos
bastarían
para posar mi alma en mí.
Pero el viento es travieso e
indeciso,
como un niño
frente a una gota de agua.
Ciudad de luz,
de tejados ardientes, de
resplandecientes aguas
atravesándolo todo,
de arabescos de colores,
de flirteos de palmeras.
Un hombre te transita
sin saber
de qué ciudad eres reflejo,
de qué luz o
de qué viento eres madre,
de qué fugaz
ensueño de hombre
has nacido.
Paso a trasluz
por entre las sonrisas de los
transeúntes,
por entre las miradas que me inventan,
sin saber
siquiera si soy tiempo o brevedad
de la calle.
Amo a estas gentes,
aunque ignoro el porqué.
Tal vez sea porque mis ojos están llenos
de ellos:
largos filamentos de luz.
Tal vez ellos también lo ignoren
jugando, como juegan, sin cesar,
a reinventarlo todo.