Tema 4: Jerarquía del servicio poético de urgencias
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V I L L A V E R D E A L T O , S A N C R I S T O B A L , V I L L A V E R D E B A J O C R U C E C I U D A D D E L O S Á N G E L E S S A N F E R M I N – O R C A S U R H O S P I T A L 1 2 – D E – O C T U B R E A L M E N D R A L E S , L E G A Z P I D E L I C I A S P A L O S D E L A F R O N T E R A , E M B A J A D O R E S L A V A P I E S S O L C A L L A O , P L A Z A – D E – E S P A Ñ A V E N T U R A R O D R Í G U E Z A R G Ü E L L E S M O N C L O A .
Es muy probable que no te guste. Puede incluso que te preguntes qué hace en un poema.
También puede que sea una de esas palabras que adoras (hay gustos de todos los colores).
Pero en realidad no tiene nada que ver con tus gustos o disgustos.
Es una palabra sencilla que tiene su propia belleza. Es algo muy humano entrar en contacto con esa palabra. Es lo que es y simplemente está ahí, no tienes que darle más connotaciones.
Bien, no me enrollo más, voy a decirla de una vez:
Un día una amiga del Dipo que tenía el marido en Miami le enseñó lo que era el caviar. Lo hicieron con un poco de cebolla muy picada y luego se pusieron a cocinar tamales, arroz con gris, tachinos y algo de ropa vieja. Se fueron a la cama con la barriga llena y el corazón contento, y estuvieron templando toda la noche.
Al otro día, el Dipo se bajó del camello con tremendas ganas de cagar. Cogió por el Paseo del Prado y cruzó el parque de la Fraternidad para ir a parar a la cafetería de la esquina. Allí no había baño, pero una rubia impresionante espantaba a las moscas del mostrador con un trapo viejo. El Dipo apretó el culo y sonrió a la rubia: -¿me das un vasito de agua? La rubia no contestó, dio media vuelta y sacudió su impresionante trasero frente a los ojos alucinados del Dipo. Él no pudo contenerse y le soltó: ¡mami, si cocinas como caminas, me como hasta la raspita!. La rubia lo miró sonriente y le dio el vaso de agua. El Dipo se lo tomó y salió pitando.
Pasó frente al hotel Inglaterra. Sabía que no aguantaría mucho más. Miró al portero a los ojos y le dijo: -Mira compadre, me estoy cagando y no puedo más, ¿me dejas pasar al baño? El portero, un negro de uno noventa, lo miró con la cara ladeada y le dijo: pasa asere, al fondo a la izquierda.
El Dipo cagó como nunca había cagado en su vida. Entró a un baño con suelos de mármol y olor a rosas. Se sentó en una taza limpia y descubrió impresionado que había papel sanitario a su derecha. Era un papel suave, azul, con el que daría gusto limpiarse. Cuando lo hizo, se sintió como un niño y empezó a preguntarse cómo haría para descargar aquel baño. Había un botón grande en la pared que decía PUSH. Como sabía algo de inglés, pulsó el botón y un par de submarinos iniciaron su viaje hacia un mundo que el Dipo imaginó más feliz que el suyo.
Luego quiso lavarse las manos, tenía que probarlo todo antes de marcharse, pero no encontraba llaves por ningún sitio del lavamanos. Sin darse cuenta dejó las manos un minuto bajo la pila y brotó un chorro de agua templada.
Salió de allí como de un sueño. Pasó junto al portero y le dijo: ¡Qué bien viven los que no son de este país, compadre! El negro se rió y le extendió la palma de la mano. El Dipo miró pa’ arriba de reojo. No tuvo más remedio que sacarse unos pesos del bolsillo.
T E N G O A N Ó N C H I R I M O Y A M A N G O P I Ñ A T A M A R I N D O P A P A Y A M A N D A R I N A M A N Z A N A M E L Ó N C A I M I T O M A M O N C I L L O S
Por aquel entonces yo trabajaba por la Habana Vieja en una oficina de registros que ocupaba parte de un antiguo convento.
Llegaba muy temprano y me perdía por las calles adoquinadas buscando no sé qué cosa. No encontraba nunca nada, pero antes de sentarme a trabajar, escribía algún poema sobre el mar o sobre callejones iluminados por el sol del amanecer. Eran muy malos.
Lo primero que había que hacer allí era pasarse una hora ordenando fichas. Era nuestra cuota de trabajo voluntario y como no teníamos otra cosa, las desordenábamos cada día para ordenarlas al siguiente.
Después del voluntariado, me sentaba a conversar con una rusa que trabajaba con nosotros. Tenía la piel muy blanca, un buen culo y estaba un poco loca. Decía que veía rostros transparentes por las noches, rostros con voces mudas que parecían quejarse en la oscuridad y la dejaban temblando. Yo hubiera querido poner las manos en su culo, pero dejé de hablar con ella porque tenía fijación con los fantasmas.
A mediodía podías salir al mercadillo de la parte de atrás del convento y comprar fruta.
A veces había que ir allí a buscar a la gente para alguna reunión de trabajo. Iba uno de nosotros, que no tuviera reunión, y se quedaba marcando el turno para los otros. No era indisciplina laboral, era simplemente resolver, acomodar el tiempo para hacer otras cosas después del trabajo, porque podías llegar a casa y tener que salir a buscar agua o un pin-pan-pu para dormir por la noche en la terraza si se iba la luz.
Eso era trabajar en Cuba entonces, entre apagones y recortes de agua diarios, con una libertad ilimitada para soñar.
Mi madre se levantaba por las mañanas con el inhalador en la mano derecha. Entraba en la cocina a oscuras y preparaba un café aguado. Yo estaba ya en la mesa del patio escribiendo. -¿Qué haces aquí tan temprano?, vas a coger frío. Yo la miraba en silencio y sonreía.
Para llegar a la parada había que atravesar un campo de pelota. El sol lo teñía de rojo a esa hora y siempre había un minuto en el que los gorriones se callaban antes de redoblar su algarabía. Era como si el mundo se detuviera un instante.
El camello, siempre repleto de gente, parecía una lata de sardinas con cristales, saltando por las calles rotas de la Habana. Había que entrar a trompicones o quedarse en un sitio propicio para que la corriente te enganchara marea adentro. Entonces, lo importante era encontrar rápido un rincón donde no te estrujaran demasiado y empezar a sudar ligero, a regular la respiración para que el calor no traspasara la camisa.
Allí adentro, se hablaba otro lenguaje de miradas libidinosas, gritos y gruñidos. La gente se sobaba entre sí a cada frenazo:
–¡Échate pa’llá asere! –¡Señora, sin complejos, eh! –¡Guagüeroo, que llevas gente aquí atrá! –¡Le zumba el mango, compadre!
Bajarse luego era todo un arte. Había que empezar un movimiento de serpiente tres o cuatro paradas antes, hasta tener la puerta tan cerca que se te incrustara en las costillas al abrirse.
Yo salía disparado del monstruo rodante y me encontraba de repente frente al malecón. Era una vista hermosa por la que valía la pena vivir.
llega por las mañanas y se toma una coca cola para mantener la tensión
su nervio es como un látigo frente al ordenador
le da a la tecla de refrescar continuamente porque no soporta que las cosas duren más de 5 minutos y así se hace la ilusión de que están avanzando
también te da explicaciones de 5 minutos y cuando te escucha da la sensación de que te comprende aunque no tenga idea de lo que hablas (todo esto no hay que tomárselo a mal es sólo una reacción nerviosa)
su sentido del humor es muy particular el nervio le hace decir cualquier burrada del que tiene delante generalmente negativa y entonces espera su reacción con una risita
tiene un ventilador pequeño en la mesa para evitar que el nervio le queme el microprocesador
el frío no le afecta puede andar por la calle a 3 grados con una simple camisa de manga larga
es un tipo despierto y observador que lleva el nervio por dentro y eso le ayuda a sobrepasar la vorágine de esta vida
yo le tengo mucho cariño
a la gente le da la impresión de ser un tío tranquilo que va por la vida con una sonrisa en la boca
discutieron el nuevo proyecto que versaba sobre la libertad
ellas decían que había que organizarse para darle sentido a las distintas ideas y encontrar un significado común
pero en realidad se pasaron discutiendo todo el santo día dándose importancia cada una a sí misma sin la más remota intención de ponerse de acuerdo
cuando le tocó el turno de hablar el poema se puso de pie en medio de la sala miró seriamente a las palabras reunidas hizo una pedorreta y rompió a reír como un loco
las palabras salieron con la sensación de que las reuniones de trabajo no sirven para nada