así casi no hacen falta grandes cosas enciende la lámpara suéltate el pelo mirarte traspasada por esa luz malva es contemplar la eternidad detenida en tu cuerpo un absoluto dentro de otro absoluto misterio para mí casi desnuda en silencio casi así
Mi cara se reflejaba en el agua y yo me preguntaba por qué el agua no se llevaba mi cara.
Una chica me había dicho adiós.
Yo pensaba entonces que tal vez su cara se reflejaba en otro río como este, en otras aguas como estas, junto a alguien como yo, que tal vez se hacía otras preguntas.
Y miraba aquella agua que hacía ondas mientras un pájaro invisible volaba sobre ellas y una música invisible saltaba de orilla a orilla salpicando mi cara sobre las piedras.
Tenía sólo 15 años y me preguntaba por qué el agua no arrastraba mi cara hasta el fondo de la mar azul.
La casa donde nací era una casa muy larga con las habitaciones al fondo. Los ronquidos de mi madre se escuchaban desde el recibidor, y, a medida que te sumergías en la casa, te ibas adentrando en el profundo ronquido de mi madre que lo llenaba todo.
Mi padre también roncaba, pero al lado de mi madre sus ronquidos eran como el maullar de un gato junto a un tigre.
Mi madre tenía una forma curiosa de roncar. Ponía la cabeza sobre la almohada y a los cinco minutos ya estaba roncando. Empezaba despacio y bajito, pero poco a poco iba aumentando la frecuencia y el volumen hasta convertirse en algo atronador que retumbaba en las paredes y los techos, y deambulaba por la casa como un animal nocturno. Mi madre se despertaba asustada en el punto culminante y volvía a empezar de nuevo.
Una vez grabamos su ronquido y se lo pusimos cuando estaba despierta. No se lo podía creer y estuvo todo el día enojada.
Cuando se separó de mi padre, yo me vine a dormir con ella para calmarla. Sus ataques de asma también eran un círculo progresivo. Se asustaba y le subía la presión arterial, esto le provocaba un ataque de asma, con lo que se asustaba más y le volvía a subir la presión, hasta que algún resorte en su cerebro desconectaba el circuito.
Yo aprendí a dormirme primero. Yo también roncaba, pero mis ronquidos no eran un problema para ella.
Tenía quince años y cuando aparecía con su uniforme azul yo quería creer en los ángeles.
Nos dábamos un beso y yo le llevaba la maleta hasta el albergue. Allí nos dábamos más besos, largos como la noche estrellada, y ella sonreía con esa luz que hacía creer en los ángeles.
Yo era entonces el adolescente más feliz de la tierra y la tierra era redonda y en el cielo parecía que cantaban los ángeles.
Un día ella me dejó.
Entonces pataleé, lloré y me pasé sin comer una semana.
Y a la semana siguiente cogí un lápiz y una hoja en blanco y escribí mi primer poema, que no hablaba de ángeles.
El Píter era un chico mediano con la nariz grande y pecho de paloma que estaba en la misma clase que yo en el internado.
Se sentaba en primera fila y tenía la costumbre de meterse la punta del lápiz en la boca. Luego escribía. Luego se metía la punta del lápiz en la oreja. Se rascaba. Volvía a escribir. Se sacaba los mocos con la punta del mismo lápiz y se lo volvía a meter en la boca. Lo consideraba un instrumento muy eficaz. Que yo sepa, nadie en el aula se lo pidió prestado nunca.
Era un monstruo de las matemáticas. Andaba casi siempre con un libro bajo el brazo, dándole vueltas a algún problema irresoluble para nosotros. Cuando entraba de lleno en ello, se olvidaba del mundo y hasta pasaba de bañarse.
En esas épocas llegaba a oler a chinchinguaco y el jefe de albergue le decía: ¡Píter, a jugar agua o te vas a dormir a la terraza!
Entonces el Píter se daba un baño ejemplar. Me pedía el jabón y se iba a la ducha silbando. Se pasaba allí más de una hora, cosa que superaba con creces su estándar de tres minutos.
Volvía resplandeciente frotándose la espalda con la toalla y se ponía a deshollinarse las orejas y la nariz para terminar luego dándose violín entre los dedos de los pies con un calcetín sucio.
Esa mirada que recorre las plazas de las ciudades, que acampa en las alturas enardecidas de los corazones insatisfechos, que se cruza contigo y conmigo y nos pregunta si está bien vivir así, mirándonos a los ojos directamente.
Esa mirada que es como la luz del sol y en la que se transparentan los anhelos de los hombres, encendida de amor por la verdad, encendida de hombres y mujeres unidos en la causa común, encendida de vida y de libertad.
Esa mirada que nos mira desde adentro, que dice que no esperemos más por el futuro, que el futuro somos tú y yo ahora mismo, y el sol que nos ilumina, y la luz que llena las plazas de claridad.
Esas plazas que aún están rodeadas por la oscuridad de este mundo.
la abrigada espera la que nada puede decir de sí misma nos complace mirarla con alegría mirar cómo se extiende por la piel de los árboles y canta
un pájaro feroz no es en ella un pájaro sino una voz que describe las sombras (las que van atravesando la luz ¿o es que la luz las atraviesa?) la gota que cae en la fuente hasta el fin el murmullo de la tierra la última revelación de una florecilla silvestre que no es precisamente su olor o su belleza extinta sino el acto de nacer para morir
se está tan bien aquí que uno imagina que esa piedra encendida es una mano que se nos tiende del universo entero del detrás de las cosas común con el nuestro una mano cálidamente extendida silenciosamente hacia el corazón
La dulce luz de la cafetería, que cae sobre el dulce rostro de la camarera, que sirve un dulcísimo café, mientras sonríe dulcemente y una dulce lluvia atraviesa la ciudad llena de humo.
Me dejaba caer escaleras abajo y enseguida me elevaba del suelo. Luego era cuestión de equilibrio para recorrer la inmensa habitación volando con los brazos abiertos.
Este sueño se repitió a lo largo de mi vida en momentos de intensa felicidad, de manera que fui creciendo con él y él fue creciendo conmigo.
A veces, cuando escribo un poema, las cosas de fuera se llenan de luz y esta luz enciende imágenes dentro de mi mente. Entonces advierto la felicidad que estas palabras pueden encender en otros y siento cómo mis pies comienzan a elevarse del suelo.