Una cadena de palabras tendidas sobre la arena junto al mar. Se aproximan siempre pero no llegan a tocarlo.
Todo está conectado y al mismo tiempo todo está tremendamente desconectado.
Lo estamos nosotros cuando miramos una rosa que crece en medio de la arena para nada, para sí misma, y llena nuestros ojos y nuestros pulmones de belleza, y nos conecta con nuestra propia belleza, que son palabras desconectadas, nunca perfume.
O es como el dolor de la trocanteritis, algo a lo que damos un significado ordenado para conectarlo con nuestro propio yo,
pero en sí mismo es desorden, simplemente dolor, o nada, vacío (no el de la palabra).
Y, porque está vivo, muere. Y está conectado con todo.
A contraluz, las hojas rojas se encienden… Y el brillo de los ojos de esa muchacha, erguida frente al horizonte, crea el otoño en mis ojos. Pájaros de atardecer.
Yo, el Predicador, fui rey sobre Israel en Jerusalén.
Eclesiastés 1:12
Hubo un tiempo en el que estuve de predicador.
Mi madre era hija de un pastor bautista y aunque mi padre era comunista, yo era un adolescente muy emocional y me encariñé con las parábolas de Jesús y las cartas de los apóstoles.
Eran tiempos difíciles en los que la gente buscaba esperanzas. Siempre hay tiempos difíciles y es fácil darle a la gente esperanzas en cosas que no se ven. Esas cosas se convierten entonces en sentimientos potentes que pueden impulsar la vida de uno.
Predicar era para mí como hacer poesía, una poesía con un mensaje trascendente, enlazando las palabras de Jesús con la realidad cotidiana, de manera que saliera a la luz el significado oculto de las cosas. Esto me inspiraba, y a veces era capaz de transmitir esa inspiración a los demás. Entonces todos cantábamos y dábamos gracias al Hijo del Hombre por hacer de esta vida sin sentido una flor recién abierta.
Íbamos por los hospitales hablando de estas cosas a los enfermos. Muchos nos miraban incrédulos, pero otros se dejaban inundar por la emoción del mensaje y aceptaban a Jesús como su salvador personal. Tal vez estaban próximos a la muerte y aquellas palabras de otro desesperado les ayudaban a morir en paz consigo mismos.
Dejé de predicar cuando una chica pelirroja me enseñó que había otro mundo más allá de las palabras. El mensaje de aquella chica era incompatible con el puritanismo evangélico, así que cambié de rumbo. Pero siempre recordaré mi etapa de predicador con un cariño especial.
A , A N T E B A J O C A B E C O N C O N T R A D E D E S D E D U R A N T E , E N E N T R E H A C I A H A S T A M E D I A N T E P A R A P O R S E G Ú N S I N S O S O B R E , T R A S V E R S U S , V Í A
y Set cohabitó con su concubina bajo la luna llena y tuvo a Enosías y fue Enosías de los que se bañaban en las aguas del mar rojo y viajó por las arenas del desierto hasta Aumel y conoció a sus tres esposas que le dieron cinco hijos y tres hijas y vivió Enosías con sus hijos e hijas por cuatrocientos años y se paseaba por los montes de Aumel cubierto con la piel de una cabra y le gritaba a los gigantes que entonces poblaban la tierra en lengua muelí anatemas y el viento del sur se llevó a Enosías en alas de un gran pájaro carroñero y no se volvió a saber de él nunca más en aquellas tierras ni en estas