Roto grito del infante vaga por camino estrecho: el hueco negro del pecho. La mueca verde brillante ondea tras el cristal y encima el espejo gris añora ser flor de lis en la frente de un mortal. Corazón, no te detengas, rueda insatisfecho, fiel entre la sombra y la luz. Sabe que de alguna cruz brotará cual rica miel la ciudad de dichas luengas.
Octavio Paz dice que Góngora dijo que Dante en el 1290 de nuestra era dijo que Virgilio en el 39 antes de nuestra era dijo que un poeta llamado Homero había dicho algo que le oyó decir a un bardo desconocido que decía algo así como que «un dios o un demonio hablaba por su boca».
Pero lo más asombroso es quizá la existencia de indicios vehementes de que el único momento en que los quanta se manifiestan como partículas es cuando estamos mirándolos. Es decir, hay descubrimientos experimentales que indican que un electrón, cuando no está siendo observado, siempre es una onda. Los físicos pueden llegar a esta conclusión porque han ideado tácticas inteligentes para deducir el comportamiento de un electrón cuando no está siendo observado.
Michael Talbot
Estoy mirando. Estoy buscándote, cariño, al loro de tus pasos en la callejuela por donde no acabas de aparecer.
Hoy he planeado el experimento cuidadosamente, con una caña doble entre las manos y los ojos clavados en la cristalera.
Sé muy bien cuál es tu onda de aparecer y desaparecer bajo mis sábanas.
Pero esta vez estoy mirando con toda la FE de esta calle.
Tal vez pueda crearte y fijarte sobre la hoja en blanco unos minutos antes de que te disuelvas en el beso de la noche o del amanecer.
como si fuera ahora todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos y eso que estuve años buscándola pintando sus ojos en un lámina de metacrilato sus senos aplatanados su sexo calentito primaveral
el espacio se contrajo para que yo la encontrara en el banco de aquel parque caída del cielo dulce hoja de otoño
nos saludamos como si hubiéramos salido de un sueño desnudos sobre la explanada polvo y hojas cayendo sobre otros polvos y otras hojas sin fin yo soñando que la buscaba por un corredor de hojas construido con ese tiempo que no se detiene y que no es nuestro y que es como el polvo entre las manos
ella era el tiempo que se escurría entre mis manos mientras yo soñaba con ella y el tiempo era el espacio que la habitaba y que envolvía a mi sueño
pero ya te digo todo ocurrió de repente como si ahora mismo ella estuviera aquí y me encontrara escribiendo para ella como si el espacio se encogiera en sí mismo para que el tiempo no corriera más por ese pasillo lleno de polvo y hojas secas que alarga nuestros sueños como lo hace el otoño ahora mismo
La parte de atrás de una de las casas donde viví en La Habana tenía un patio de cemento con un techo de aluminio. La mesa de comer estaba bajo ese techo y allí yo me sentaba a escribir por las mañanas o al atardecer. Cuando llovía, las gotas retumbaban en el techo de metal. Era hermoso oír el traqueteo de la lluvia hasta que la mente se quedaba limpia como una hoja en blanco y aparecía la primera palabra de un poema.
Aquella casa era de madera y la compartíamos mi madre y yo con una pareja que siempre andaba separándose y volviéndose a juntar. Sus peleas y reconciliaciones traspasaban la pared divisoria y eran un escándalo para mi madre, que era una puritana, pero eran muy divertidas.
Yo dormía en una barbacoa que había encima de la cocina. Las tablas crujían al caminar y tenía que andar con cuidado por las mañanas para no despertar a los demás. Era una caja de madera, pero frente a mi cama había una ventana pequeña desde donde se podía ver el cielo.
Mi abuela se vino a vivir con nosotros después de su operación y murió en esa casa. Luego murió mi madre y mi hermana se vino a vivir allí con su familia.
No sé cuantos años tenía esa casa. Sus tablas cantaban cuando pasaba un ciclón. Pero era una madera muy dura. Creo que todavía sigue en pie.
Vienen desnudos. Vienen con su propio dolor a cuestas.
Todos somos inmigrantes. Todos hemos emigrado alguna vez.
Nuestros ancestros, hace millones de años, emigraron.
Las palabras que usamos no son nuestras. Las ideas que defendemos no son nuestras. La tierra que pisamos no es nuestra. Ni siquiera nosotros somos nuestros.
Ya lo he dicho: todos somos inmigrantes. La muerte viene siempre pisando los talones.
El que esté libre de sí mismo que lance la primera piedra.
mascar mascar mascar el aire mascar mascar el arte mascar mascar la lluvia la gubia la máscara el tintero
mascar el aguacero de la nada las palabras que van goteando mascar el chicle el teléfono el murmullo el rumor
mascar el mundo los rostros los angostos caminos del mar mascar un cachalote mascar la tierna irreverencia del silencio mascar el pan la paz mascar los muertos y la muerte
mascar el amor el sin nombre mascar como una amorosa vaca la resaca de haber vuelto aquí a este instante donde nos mascamos mutuamente
mascar el viento el tiempo del bien y del mal mascar una naranja anaranjada y una remolacha roja mascar un rayo de sol mascar un pez que vuela mascar el cuerpo el alma la resurrección mascar la tierra mascar la hierba mascar frente al espejo mascar colgado de una barra mascar un altramuz y un astrolabio mascar un masca moscas mascar Alejandría
mascar el padre la madre el hijo los abuelos los bisabuelos los tatarabuelos mascar a una mujer subiendo desde las piernas
mascar mascar mascar la fealdad y la belleza mascar a las palabras letra a letra mascarlo todo bien
L U N I F I C A R L A G U N E C E R M E G A V I V I R T R I P E N S A R A G U I L E C E R D E S S U F R I R M U L T I A M A R T R A S T E N E R P O L I D E C I R
Te vas cayendo por el hueco circular de la ventana. La realidad que te enseñaron a nombrar era tuerta del hombro izquierdo, no soportaba la ligereza de los quebrantahuesos con sus largos pantalones flotantes.
Te vas hundiendo en la carne parabólica de las amapolas, en la respiración de agua de los peces de agua, cuyo color se parece tanto al tuyo, fango pisado por multitud de especies humanas y arborescentes.
Un mismo aire elíptico atraviesa los bronquios de los insectos que miran al mar con tus ojos. Una misma sólida ternura aletea la brisa, la ola manchada de luna.
Te vas resbalando por la superficie lechosa de las grandísimas tetas de la noche mientras los sueños hiperbólicos de un perro amamantan el mundo.