Una muchacha vestida de color de playa,
de color de arena,
de color de agua.
Una muchacha encendida al rayar el alba,
de color de fuego,
de color de malva.
Una muchacha esculpida en la ola que canta,
de color de tiempo,
de color de alma.
de Ernesto Pentón Cuza
Una muchacha vestida de color de playa,
de color de arena,
de color de agua.
Una muchacha encendida al rayar el alba,
de color de fuego,
de color de malva.
Una muchacha esculpida en la ola que canta,
de color de tiempo,
de color de alma.

Mi abuela tenía una casa independiente dentro de la casa donde nací.
Era una viejita laboriosa que siempre tenía todo limpio y disfrutaba arreglando su jardín. Yo la ayudaba a muchas cosas y, cuando la enredadera del patio crecía demasiado, me lo pasaba de lo lindo cortando hojas a diestro y siniestro.
La casita de mi abuela estaba al fondo del pasillo. Tenía una habitación y un salón-comedor-cocina que daban a su patio, colindante con el nuestro. Los patios estaban separados por un muro y desde ese muro se subía al tejado de la casa. Yo tenía que velar a mi abuela para subirme, porque si me veía se lo decía a mi madre o a mi padre y me tocaba una buena con la chancleta.
Mi abuela tenía un árbol de navidad que ponía todos los años dos meses antes y lo quitaba dos meses después. Yo era el encargado de ponerle las luces. Me encantaba eso de enganchar cables y bombillas, y había descubierto que con un encendedor de fluorescente se podía hacer el efecto de la intermitencia.
Cuando llegaba la navidad yo me escondía allí y mi abuela me enseñaba salmos. A mi padre no le gustaba mucho. Tal vez por eso era divertido.
El mejor recuerdo que guardo de mi abuela era cuando se quedaba dormida en su balancín, escuchando las lecturas bíblicas de la radio. La voz del lector venía de muy lejos, del otro lado del mar y la envolvía en una brisa ligera. El rostro de mi abuela se balanceaba en aquella brisa con una sonrisa llena de paz.
esto está aquí
aquello está allí
esto es rojo
aquello es azul
esto se enciende
aquello se apaga
esto se acerca
aquello se aleja
esto permanece
aquello desaparece
esto está dentro de aquello
esto suspira por aquello
esto se pierde en los ojos
de aquello
aquello florece
esto se marchita
paraguas en el pavimento
cae la luna entre mis ojos
cae la música de la noche
caen estrellas negras
me quito el paraguas
me pongo la noche
dejo los ojos en el abrevadero
del corazón
camino por el pavimento estrellado
de una ciudad oscura como una luna
caen paraguas sobre las hojas sin sombra
de los árboles
gotas gordas de oscuridad
gotas gordas de claridad
música infinita
al final de la vida encontramos
la mansedumbre
mirar por la ventana
los pájaros
que cambian de estación
al final de los ojos
el horizonte
la vela blanca
otros ojos que
nos acompañan
el viento que viene
y que va
todo lo que
hemos aprendido
ahora
de nada sirve
solo la mansedumbre
de mirar con el pecho
nos dice
no hay camino
únicamente
mira hacia adelante
al final de la vida
encontramos
que este
no es el final
de la vida
En el jarrón,
las flores secas
rescatan el espacio
de la perpetuidad
y el sonido del reloj
perfuma la casa.
Por las paredes,
la luz del fuego
juega con las sombras
y el cálido reflejo de tus ojos
me recuerda que existo
sólo porque tú
me miras.
En mi sillón, a oscuras,
palpo estas cosas
con las piernas colgadas del silencio
y me digo a mí mismo
que todo pasa.
Mañana otro dolor
a mis espaldas
reclamará este recuerdo.
A
M I
T Ú
S O L
L U Z
S O N
A L B A
C A L A
A N D A
A L M A
V O C A L
D U L C E
Á L A M O
A L A D O
P O E M A
M Í N I M O
A D A G I O
U N G I D O
L Á U R E O
C Á L I D O
Á L G I D O
C A C U M E N
B U F A N T E
A C E R A D A
A C E Q U I A
O B L I C U O
O C E L O T E
A C E C H A R
A B R A Z A D O
E M P E Ñ A D O
I N D O M A D O
O R O N D A D O
U L T I M A D O
A B A R C A D O
E N H O T A D O
I N H I E S T O

Fragancia de caracol.
Iguana que mira fijamente al mamoncillo
y corre tronco arriba
como un dragón verde-azul.
Fragancia de hoja perlada en la maraña
de la manigua.
Cae el machete como un rayo,
cae una lluvia finísima
en el ojo de agua con verdín
donde se esconde el zapo-toro a cantar.
Fragancia de pasos en el monte,
monte adentro tras las huellas
del majá que se huye,
que se convierte en rama trepadora
o en fruta roja de pitihaya.
Fragancia de árbol salvaje,
de marañón, de anón, de mamey colorao,
de caballo silvestre en la manigua,
de soledad de monte adentro,
de mil cantos de pájaros,
de libertad.
nos exigen
nos exigimos
llegar al máximo
llegar al máximo
en la escuela
en el trabajo
llegar al máximo
llegar al máximo
en la vida
en el amor
llegar al máximo
llegar al máximo
darlo todo
ser proactivos
estar alertas
vivir intensamente
nos exigimos
nos exigimos
nos exigen
llegar al máximo
llegar al máximo
más beneficios
siempre más beneficios
llegar al máximo
comerse la vida
comérselo todo
(ten cuidado con lo que te comas)
nos exigen
nos exigimos
les exigimos
llegar al máximo
aprovechar el tiempo al máximo
ser lo máximo que podamos ser
nos exigen
nos exigen
nos exigen llegar al máximo
subir a la cumbre
no ser unos
perdedores
nos lo creemos
y nos exigimos otro tanto
llegar al máximo
llegar al máximo
llegar al máximo
llegar al máximo
¿dónde está el máximo?
¿dónde está el máximo?
¡siempre más allá!
por la garganta de la noche
baila despacio el gorjeo de la caipiriña
a ritmo de jazz
y al otro lado de la ventana
parece que nieva
tus ojos me están sonriendo
con ese calor de la trompeta de Armstrong
que sube y baja en la noche
al otro lado de la ventana
sube y baja la gente por Madrid
y parece que nieva
se está bien aquí en tu música
se está calentito entre tus ojos
nena
-la trompeta lo dice por mí-
la noche canta al otro lado de la ventana
sí -dice- parece que nieva
voy a beberme tus labios nena
como un trago de caipiriña
voy a meterme en tu piel como esa música
-grito cuando la trompeta de Armstrong
cierra la noche-
al otro lado de la ventana
huellas en la nieve
hijo mío
lo único que te puedo decir
es esto
todas las cosas vivas están en equilibrio
sólo dentro de nosotros hay algo
que no lo está
es algo muerto
y por eso
va siempre un segundo por detrás
de la vida
lo muerto
intenta organizar lo vivo
pero eso es imposible
al final
únicamente se fastidia a sí mismo
hijo mío
todas estas cosas
se comprenden
cuando ese algo muerto
está en silencio
entonces
tu propia vida
te enseña sin palabras
descubre esas cosas
y sé feliz
Hecho una pelota,
ruedo por el campo al sol,
por la vereda que me oculta
el tiempo
y las ganas de besarte,
corazón,
en la nuca de tus palmares.
Ruedo por la pendiente,
que rueda hasta el río,
que rueda hasta el mar…
Y en el mar,
hecho una pelota de algas,
me siento entre tus brazos.
Pero no hay campo,
ni sol,
ni río rodante.
Es invierno, estoy en casa
y sólo ruedo
por tu pecho de isla:
inmenso,
profundo.
Devienes agua
devienes pompa de aire acuoso
marismas de ternura traspasando tus límites
tus propias pieles líquidas
evaporadas en la frontera del recuerdo de ti
de un suspiro envolvente y tu envolvente circunferencia rectilínea
ahora brazos y piernas aleteando
ahora el danzar de los músculos vibratorios en un agua
que nace de ti
que muere siempre en ti
y es el corazón de los peces del cielo
de las algas del universo flotante
Fuera del tiempo
todo el tiempo es ahora
agua purísima
entrando y saliendo de lo despierto
o del soñado universo
también llamado amor

La casa de Lala era la de los caballos. Eran unos pencos viejos y flacos pero para mí eran los mejores caballos del mundo. Yo me cogía uno y me iba, montado a pelo, por la guardarraya, hasta el final del cañaveral. Luego volvía trotando por el otro lado. Los pencos de Lala eran un poco asustadizos y una vez uno me tiró en medio de las cañas. Yo era un niño y me costó volver a coger confianza encima de un caballo. La verdad es que aquellos pencos hacían conmigo lo que les daba la gana, pero para mí eran lo máximo y me daba igual lo que hicieran.
La casa del tío Ibrahim estaba al otro lado de la carretera. En esa casa había nacido papá y tenía un guayabal grandísimo y no sé cuantas matas de mango de todo tipo: filipinos, mangas blancas, de chupete, de corazón… Mi padre y yo, cada vez que íbamos, le hacíamos una buena limpieza. Yo me subía a las matas y mi padre peloteaba la fruta con un saco de yute entre dos palos. Cuando terminábamos yo me daba un banquete allí mismo. Nadie sabe lo rica que está la fruta que se come subido en la propia mata. La casa de mi tío tenía un aljibe que a veces tenía agua y que yo usaba como piscina o para coger renacuajos. Papá siempre estaba con la cantaleta de que era muy hondo, pero yo no le hacía mucho caso.
En la loma estaba la casa de los gallegos, que eran los abuelos de papá. Eran unos viejitos de pelo blanco que desayunaban frijoles con boniatos y siempre tenían dulce de coco para regalar. Yo me iba andando o a caballo desde la finca del tío por la carretera y luego loma arriba. Siempre encontraba alguna mata de anón o de mamoncillos por el camino.
Estas tres casas eran mis lugares de visita cuando iba al campo los fines de semana con mi padre. Eran bohíos de tablas de palma y techo de guano que contenían toda la magia que un niño puede desear. Entonces yo me convertía en un animalillo salvaje, suelto por el monte.
da alas
dalas a
las claras palabras
las malas
las altas
las bajas
las alas blancas dalas
da alas
a palabras cansadas
gastadas
cantadas
amadas
palabras
alas
dalas
nadie
bajo la lluvia
imaginó que
ese camino
que entre pasos de agua
gotea
por las canaletas
y las alcantarillas
y más abajo aún
donde
la gran órbita circular
clama
a la noche oscura
era el latir omnipresente
de una Voz
tan fina que los ojos
no la pueden escuchar
ni los oídos ver
ni la risa desnuda de rostro
amparar
y no quiso nunca nadie
saber
a dónde conducía ese camino
hecho de luz oscura de agua
de espasmo vertiginoso
de profundidad
y claridad de agua
un rincón solitario
en una esquina del amanecer
las manos abiertas hacia el cielo
este es el instante de la vida
en realidad no hay más instante
que este
una adolescente cruza la calle
entre un montón de hojas secas
lo habré visto
una o mil veces
pero en realidad siempre ha sido
este único instante
la luz cae
sobre su pelo naranja
y ella flota sobre las hojas
mis manos abiertas
no esperan nada del cielo
solo están reflejando
cierto tono de luz
el tiempo que pasa ahora por aquí
es un animal estrafalario