Poesía incompleta

de Ernesto Pentón Cuza

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  • Luz de enfrente

    Esa paloma baya
    picotea la tierra,
    picotea mi alma y
    se la lleva lejos.

    La suelta luego en el río
    y unos remeros voladores
    la traen de vuelta hasta mis ojos
    que se cierran a su paso.

    El agua arrastra el sol
    de enfrente.

    13 de septiembre de 2024
    Las enseñanzas de Manolo

  • Pisando leve

    Sucede que un
    pájaro se detiene a mirarme
    con esa diáfana efervescencia
    con que miran
    los pájaros la aurora
    y que detiene el tiempo
    y que
    detiene el tiempo.

    Sucede, amigos míos, que la voz
    se raja en dos al alba
    mientras camino
    con los zapatos viejos por el puente
    y me atraviesa el río y
    me atraviesa el río.

    Sucede que me escurro
    entre los brotes
    de la
    transparente caricia:
    larga sombra en la luz,
    trazo largo y fino
    y alado de luz.

    Y sucede, amigos,
    que todas estas cosas me suceden
    ¿a mí o a ese otro escribiente?
    cuando se posa el alma en la ventana
    por donde brota el tiempo,
    por donde brota
    el tiempo.

    12 de septiembre de 2024
    Las enseñanzas de Manolo

  • Por juderías

    En la esquina
    la fachada de la luz
    se transparenta
    y la calle frontal
    se hace oblicua entre mis pasos.

    Me detengo sin saber
    qué camino tomar,
    mientras la gente pasa y
    me atraviesa.

    Un paso más
    y tal vez aparezca
    en otra esquina.

    11 de septiembre de 2024
    Las enseñanzas de Manolo

  • Ciudad dormida

    La claridad del cielo,
    la claridad de la calle vacía al amanecer
    (los pasos escondidos entre sueños,
    la mirada perdida).

    La claridad de los ojos
    que se tropiezan con tus ojos
    ebrios de luz, enamorados
    de la quietud equidistante.

    La claridad de los naranjos
    colgados al sol,
    filtros de eternidad,
    miradas indiscretas
    que voy viendo y
    perdiendo.

    La claridad de los altos muros
    que guardan el tiempo
    para que no se escurra por las calles
    mientras avanza el día y avanzamos
    por esta claridad
    que lo inunda todo.

    10 de septiembre de 2024
    Las enseñanzas de Manolo

  • Pisando breve

    Vuelves,
    desde la otra acera,
    el rostro
    que la luz absorbe
    y se estremece de ensueño,
    paso a paso entre la sombra
    de los altos naranjos,
    tejidos de humanidad.

    Miras
    el rostro que te mira
    y pasa por la calle
    saltando…

    (el tiempo es oro
    o arena entre las manos)

    …y tú sonríes a cada reflejo
    de la gente
    que ahora pasa por ti.

    9 de septiembre de 2024
    Las enseñanzas de Manolo

  • Despertar

    La luz te toca entre los ojos
    y es el ojo que abres la sorpresa…

    El otro mira adentro,
    mira adentro.

    El rayo que entra por la ventana
    es una puerta al
    infinito latir.

    Del otro lado, la claridad pinta el mundo:

    Hay árboles que te doblan en edad,
    hay un sonido de aguas…
    y gente que camina con tus pasos.

    La luz se mete entre las sábanas.

    Despiertas.

    ¡La claridad es más grande
    que tú!

    8 de septiembre de 2024
    Las enseñanzas de Manolo

  • Las palabras son silencios

    Foto: Kaloian Santos Cabrera

    Una palabra recorre mi boca,
    la cubre de saliva y despierta
    el recuerdo de otra boca
    que a un día de vuelo de paloma
    descubre en su propia saliva
    esta palabra que mi boca
    no puede pronunciar.

    7 de septiembre de 2024
    Memorias del otro lado del mar

  • La Loma del Burro

    Tomando el camino del parquecito, hay un solar que tiene en el fondo hierba alta. Un lugar muy común, que no aportaría nada a la experiencia del viajero si no fuera por los recuerdos que abriga desde que vio el parque infantil, y que lo lanzan contra el ardor de una montaña imaginada. Cruzando la hierba calurosa en pos del riachuelo, se llega a una sombra maloliente y dulce, con un caminito de piedras que parece un puente de papel. Se llega, contra toda esperanza, muy fácilmente al otro lado y, un poco más allá, el vientre de la loma abre sus bocas artificiales hacia el viajero del mar. Te topas con un brujo negro que no parece verte ni ser visto. Caminas hasta el borde de la visión buscando una subida. La encuentras. Te topas con otro negro que, no sabes bien por qué, se parece tanto al que viste hace poco, pero no, no puede ser el mismo. Subes sin detenerte. Llegas a la soledad prometida, sin marcos ni puertas que desear, sin árboles ni pajaritos, sino solamente tú y la ciudad, abierta frente al cielo como un ojo de agua.

    6 de septiembre de 2024
    Memorias del otro lado del mar

  • Cacería de versos

    Encontraba los versos camino de casa, cuando venía de la Universidad y no pasaba la última guagua. Entonces, tenía que irme a paso ligero por la Avenida de Acosta hasta el Conte y cruzar, por las calles bajas de Lawton, hasta las escalinatas que subían a mi barrio.

    Los ojos atravesaban la calle como dos lombrices, dibujando cosas milagrosas donde sólo había salideros de agua, montañas de basura, calles rotas, viejos en la cola de la bodega, viento, framboyanes, gorriones con hambre, niños sucios o lindas mulatas caminando, calle abajo, bajo el sol tropical.

    Yo llevaba siempre una libreta a cuadros y me sentaba en cualquier portal vacío a describir los pájaros que se me posaban en la cabeza. Luego, lo arreglaba en casa, y se lo leía, por las noches, a una viejita amiga mía que me escuchaba con paciencia.

    La mitad de esos versos no valían para nada, pero eran el descubrimiento de que existía otro mundo más allá del humo de los coches destartalados que saltaban entre los baches, más allá de la basura en las esquinas y las moscas que la rodeaban, más allá del calor y los empujones en las guaguas, más allá de mis propios estudios y de los conflictos familiares sin fin. Un mundo que yo podía crear, desde la nada, con mis palabras, cuantas veces quisiera.

    Los mejores versos eran la confirmación de que ese mundo era real, tan real como un sentimiento. Esos los encontraba casi siempre en la Loma del Burro, un sitio al que subía cada domingo y en dónde me llenaba de viento mientras contemplaba, a lo lejos, la Bahía de la Habana.

    5 de septiembre de 2024
    Memorias del otro lado del mar

  • El vuelo del pájaro

    Sólo aquel que tiene algo
    puede perderlo.
    Sólo aquel que espera algo de la vida
    tiene la posibilidad de que la vida lo defraude.
    Sólo aquel que quiere ser alguien
    se pierde la oportunidad de Ser.

    El pájaro vuela
    porque en el vuelo se realiza a sí mismo,
    pero para poder volar,
    no puede estar agarrado a la rama.

    ¡Qué feliz el pájaro flotando sobre el vacío
    cuando ni él mismo advierte
    que está como disuelto
    en el viento
    de la montaña!

    4 de septiembre de 2024
    Memorias del otro lado del mar

  • Mi mayor aventura

    Toda la secundaria y el preuniversitario los pasé en un internado. Estudiábamos por la mañana y por la tarde teníamos trabajo en el campo o deporte.

    Yo era muy malo para el deporte. Una vez estuve en un equipo de baloncesto y en mi primer partido importante, me puse tan nervioso, que eché la pelota en mi propia canasta. Me sacaron del equipo al día siguiente. Luego me apunté a hacer pesas porque me dijeron que tenía buena espalda. No aguanté una semana. Estuve también en judo y, el primer día, el entrenador me lanzó por los aires para ver si sabía romper caída. Me sacó todo el aire y casi me ahogo. No volví más por allí.

    En realidad, nos apuntábamos a deporte para no ir al campo. El campo era un auténtico coñazo. Había que cargar con la guataca, a veces durante una hora de camino, hasta llegar a los campos de la cooperativa que tocara ese día: un sembrado inmenso de patatas, o zanahorias, o remolachas, o naranjas, o lo que fuera; y hacer que trabajabas o trabajar de verdad cuando venía el profe. Era más divertido sembrar o recoger fruta, depende de lo que fuera, pero en general, era un coñazo, sobre todo desyerbar.

    La otra opción era fugarse. Yo tenía una pandilla y habíamos descubierto un rincón en un camino aislado por donde no pasaba casi nadie. Al borde del camino, se abría una selva de enredaderas y, allí, teníamos nuestra cueva secreta: un hueco grande entre las madreselvas.

    Teníamos un cordel con anzuelo, una lata y un tenedor viejo. A veces nos íbamos a la laguna, cuando no había moros en la costa, y pescábamos jicoteas. Una vez intentamos cocinar una. La machacamos con una piedra, pero no hubo manera de abrir el caparazón de aquel bicho. Luego, la cueva se llenó de humo y fue imposible hacer nada más.

    En el verano, nos metíamos en cueros en el arroyo que pasaba por detrás del matorral cuando no había nadie por allí, y nos dejábamos arrastrar entre las piedras. Luego, nos secábamos al sol y nos hacíamos pajas a ver quien se corría antes.

    Los guajiros de la zona sabían que éramos unos fugados, pero hacían la vista gorda. Nosotros andábamos por el campo toda la tarde, cogiendo mangos o mamoncillos o fruta bombas o mameyes amarillos o lo que pilláramos por ahí.

    Cuando caía la tarde, cogíamos nuestras guatacas y nos incorporábamos al grupo que regresaba. Eran grupos muy grandes y, a veces, los profesores no controlaban quién tenía que estar y quién no.

    3 de septiembre de 2024
    Memorias del otro lado del mar

  • Parque infantil

    El vuelo de la tiñosa
    y ese sabor de boca
    que dejan los tamarindos chinos.

    Las ramas en el viento
    y un niño de nueve años
    sorteando espinas para alcanzar el cielo.

    Al otro lado el carrusel
    gira y gira como mi vida ahora mismo.
    Y veo niños jugando entre árboles.
    Y veo risas creando mi mundo de ahora.

    Sé que no volveré a ser
    ese niño que conocía todos los escondites,
    y sabía dar vueltas, sin parar, en el tiovivo,
    o saltar al aire desde un columpio.

    Pero ahora está abierta mi alma
    como ese parque
    que puedo ver otra vez,

    y, estirando la mano,
    puede que incluso alcance
    una vaina encaracolada
    de tamarindo.

    2 de septiembre de 2024
    Memorias del otro lado del mar

  • El muñeco de madera

    Yo siempre andaba mataperreando por los techos. Mi padre me enseñó de pequeño a andar sobre las tejas y, aunque a veces rompía alguna, lo hacía bastante bien.

    Me subía por el muro del patio cuando la abuela no estaba por allí y me daba una vuelta por el techo de la panadería, o el de la dulcería o el de la ferretería de al lado de casa, buscando nidos de gorriones bajo las tejas.

    A veces, iba a buscar a mi amigo Félix Raúl cuando su mamá no estaba en casa y le gritaba, desde el tejado, que se viniera conmigo a dar una vuelta. Pero Félix era un poco pendejo.

    Me encantaba andar por los techos de las casas. Había que escoger los momentos oportunos, cuando no había gente en la barbacoa de los vecinos y saber esconderse en el ala oculta de los techos. Era una tremenda hazaña llegar hasta la azotea y asomar la cabeza por encima de la baranda de la fachada para mirar pasar los coches de caballos y las bicicletas.

    Pero lo mejor eran los domingos, cuando estaba cerrado el taller de prótesis de la otra cuadra. Saltando el muro de la reja se podía llegar por las escaleras al tejado, y allí, una manzana entera de techos para explorar.

    Un día me encontré en un patio un muñeco de madera vestido de chino. Atrapó tanto mi atención que decidí bajar a cogerlo porque no había nadie en el patio. El patio daba a otro patio que tenía unos estanques llenos de agua. Me llené de valor y fui a ver qué era aquello. Unos peces rojos nadaban alrededor de una montaña en miniatura, de la que salía un hilillo de agua imitando una cascada. Me quedé embobado hasta que escuché que alguien abría la puerta de la casa. Subí tan rápido como pude con el muñeco a cuestas y me quedé mirando desde el tejado. Unos chinos viejos aparecieron por allí y se pusieron a trajinar entre los estanques. Sus movimientos eran exactos como los de un gato y mientras daban de comer a los peces sonreían como si entendieran los ademanes de las sombras bajo el agua.

    No sé si extrañaron alguna vez el muñeco de madera, pero fue gracias a él que descubrí la casa de los chinos y, desde entonces, además de andar por los techos, me aficioné a criar peces.

    1 de septiembre de 2024
    Memorias del otro lado del mar

  • Hilo a hilo

    Después el alga rota.
    Ahora el canto de la sirena,
    enhebrando palabras muertas en un hilo vivo.
    Y yo canto y canto
    como la mar:
    ola enfundada, llena de misericordia,
    que borra todo al pasar.
    Ven a mí, mar, enhebra por fin este hilo
    hecho de gaviotas sobre la arena,
    de palabras dulces, saladas, arremolinadas,
    batientes al viento que va y viene
    sobre la mar.
    Hilo gigante,
    lazo de pesqueros en el horizonte.
    ¡Cristal!
    ¡Cristal!

    31 de agosto de 2024
    Memorias del otro lado del mar

  • Al salir de clase

    Yo jugaba con los mataperros de mi cuadra de pequeño. Estábamos todo el día en la calle después de clases, jugando a las bolas o a los trompos, y por la noche nos íbamos de ronda por el parque de la iglesia a darles nalgadas a las muchachas y echarnos a correr.

    Había un negrito y dos jabaos que eran la candela. Eran mayores que yo y me tenían de recadero. Una vez haciendo el tonto al ir a recoger un tirapiedras que había ido a parar al medio de la calle, metí la oreja entre la cadena y la catalina de una bicicleta que pasaba por allí. Ellos se morían de risa y yo no comprendí hasta que vi a mi madre gritando. Entonces me miré el lado izquierdo por donde caía un chorro de sangre hasta la acera y me puse a llorar. Me pegaron la oreja como pudieron en el hospital del pueblo y anduve todo un mes castigado, sin salir a jugar a la calle.

    Cuando me quitaron la venda de la oreja el negrito se quiso hacer el gracioso conmigo en el aula. Me llamó muengo y se cagó en mi madre. Quedamos a la hora de la salida para fajarnos.

    Yo nunca me había fajado con nadie. Me costaba sacar la rabia suficiente para golpear a otro niño en la cara, pero acudí a la cita a ver qué pasaba.

    El negrito se paró frente a mí y me mentó la madre. Yo pensé en algo que me incitara a golpearle. Me acordé del chorro de sangre cayendo por mi hombro, de mi madre gritando y de aquel imbécil que se reía al otro lado de la calle. Le solté un piñazo en plena jeta que lo dejó atontado. Cuando se repuso, comenzó a llorar y arremetió contra mí. Nos revolcamos en un amasijo de manotazos, patadas y malaspalabras hasta que el maestro de quinto nos separó.

    Fue una experiencia que tuve que repetir alguna vez más para hacerme respetar en la escuela. Encontrar la furia era la parte más difícil.

    30 de agosto de 2024
    Memorias del otro lado del mar

  • El deber cumplido

    Tengo tanto llanto
    acumulado en mi garganta.

    Carmen Mariátegui

    No lloré
    cuando aquella bici me destrozó la oreja,
    ni cuando me metí aquel clavo oxidado
    en la planta del pie.

    No lloré cuando todas esas chicas
    fosforescentes
    me partieron por dentro.

    No lloré cuando murió mi madre
    camino de urgencias,
    ni cuando me dijeron que mi hermana
    se había desangrado sola y lejos de casa
    en su último parto.

    No lloré cuando me dejaron solo
    en aquella ciudad vidriosa
    y me quedé con la espalda rota
    sin nadie a quien acudir
    a este lado del mundo.

    De pequeño me enseñaron
    que yo era un hombre
    y que los hombres no lloran.

    29 de agosto de 2024
    Memorias del otro lado del mar

  • Lágrimas negras

    Ese día habíamos estado comiendo mucho y a mamá le dio su último ataque de asma.

    Se puso muy nerviosa y el inhalador no le hacía nada. Empezó a decir las bobadas de siempre: que se moría, que cuidara de mis hermanas y cosas así. Yo siempre intentaba tranquilizarla pasándole la mano por la espalda y hablándole bajito, pero ese día me puse furioso y le grité que sí, que si seguía así sí que se iba a morir.

    Se puso peor y me dijo que corriera a casa del vecino a ver si podía llevarnos al médico en su carro. Mena sacó su Chevrolet del 53 a toda leche y nos fuimos al hospital. Yo me puse detrás con mi madre entre los brazos tratando de calmarla, pero no se calmaba. Empezó a ponerse azul y a mitad de camino dejó de respirar.

    Cuando llegamos al hospital costó sacarla del coche. Luego se pusieron a hacerle todo tipo de cosas: la desnudaron, le clavaron una aguja en el cuello y empezaron a darle golpes en el pecho. Yo miraba todo ese absurdo con desgana porque sabía que mi madre ya no estaba en aquel pesado cuerpo, se había ido ligera de equipaje al lugar que tanto mencionaba en sus cantos.

    Me fui afuera y me senté en la escalinata con una sensación extraña en el pecho, pero no lloré. Miré al cielo y le desee buen viaje a donde quiera que hubiese ido.

    Luego vino el velorio, el entierro y toda la parafernalia que se monta entorno a la muerte de un ser humano, con gente llorando, rollos familiares y demás. Yo no tenía ganas de llorar, así que no lo hice.

    A los tres días de aquello, estaba en la barbacoa y me di cuenta de que todos los conflictos entre mi madre y yo se habían acabado. También me di cuenta de todo el cariño que me había dado y de lo mucho que la extrañaría. Entonces lloré en silencio sin parar durante tres horas seguidas.

    Luego me duché y me fui a dar una vuelta por las calles que mi madre y yo recorríamos juntos, a veces, al atardecer.

    28 de agosto de 2024
    Memorias del otro lado del mar

  • Chica que me lee

    Nada soy yo
    sino tus ojos
    que miran la luna
    náufraga de
    oscuridad,
    de hojas invisibles,
    de signos
    sobre las hojas,
    de transmutaciones
    al alba, en fin,
    de cosas
    que sólo tus ojos
    pueden leer.

    27 de agosto de 2024
    Las enseñanzas de Manolo

  • Pájaro encendido

    Cómo iba a pensar yo
    que ese sería el último suspiro
    de la abuela,
    si afuera había tanto sol
    y el framboyán estaba encendido de rojo
    y el pájaro aquel cantaba
    con la vocecita de la abuela:
    ¡búscame plátanos maduros!
    ¡búscame un plátano!

    Yo acababa de llegar de la universidad
    cuando me dieron la noticia.
    Ya no era un niño
    y entendía algunas cosas.
    Por eso supe enseguida que la abuela
    se había convertido en pájaro.

    26 de agosto de 2024
    Memorias del otro lado del mar

  • Chica que sonríe

    En el campo
    de las amapolas,
    la chica juega con la brisa
    radiante.

    Sus ojos a trasluz
    sorprenden el
    espacio de la dicha.

    25 de agosto de 2024
    Las enseñanzas de Manolo

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