Quizá la condición real del ser humano es ese estar sentado frente al horizonte.
Después de un día normal, intranscendente y fugaz en lo más íntimo de su apariencia, descubre el ser, en sí, al ser real como un lago quieto. La línea del horizonte parece una prolongación de su estado de gracia, el cielo y la tierra se compenetran allí con naturalidad mientras los ojos se pierden entre las casas blancas y las nubes. Todo está en paz y esta paz externa convoca a la paz de los pensamientos del hombre.
El hombre se ausenta de sí, deja de desear todo lo que considera necesario para la vida placentera, deja de huir de sus propias mezquindades diarias, y se sienta claro y feliz ante la inmensidad del cielo y la tierra en una tela continua. El tiempo no pasa, el hombre descubre en el tiempo la ilusión de su propio devenir, la fachada de una infinita secuencia de entreactos, que flotan al pasar sobre un eterno vacío.
El hombre respira su inmensa felicidad mientras casi presiente que el horizonte lo respira a él. Sabe que no es una felicidad como consecuencia de algo, que no se debe a que sea hombre o Dios, ni mucho menos a que lo comprenda. Es la felicidad en su estado primigenio, una felicidad inmóvil y horizontal; la felicidad de ser feliz, de estar feliz, de Ser y de Estar.
El hombre está solo con el mundo, del que es límite fugaz el horizonte; está limpio y desnudo, vista la insignificancia de sus preocupaciones y de sus proyectos…Y así, en su ingenua fragancia, va entrando, de a poco, en el grande y silencioso Vacío.
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