El pino se yergue en la lejanía
que ahonda el alto cielo.
El cielo se extiende entre el blanco plomizo
y el azul brillante.
El denso marabú sonríe
y ofrece bajo el sol
su espinosa ternura.
El cielo que miro
y en el que se pierden mis ojos
como nubes silenciosas
es feliz.
El tierno marabú
que ríe entre campanas blancas
y frutitas amarillas de sol
es también feliz.
El alto pino
que el marabú no alcanza a ocultar,
que el cielo no alcanza a detener,
que el viento hace bailar,
es muy feliz.
A nadie se le ocurriría preguntarse
el porqué de esta felicidad elemental
por la misma razón
de que a nadie se le ocurriría dudarlo.
El hombre, en cambio,
constantemente interroga
el porqué de su infelicidad.
El cielo está feliz de ser cielo
y luego se nublará.
El pino está feliz de ser pino
y quizá algún día un rayo lo parta.
El marabú es muy feliz con sus espinas
y quizá un hombre lo corte.
Y mientras tanto, el sol brilla
y dos mariposas distraídas
juegan con el tiempo.
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