Luna vieja

Pienso en los hombres que contemplaron
esta inmensidad,
los ojos distantes o encendidos,
la fría sensación de eternidad bajo la piel
del pecho.

Allá arriba otros ojos envían un viento delicado
como un abrazo invisible
y es eso que no se ve nunca
lo más profundo que podemos poseer.

Por dentro y por fuera esta inmensidad,
los ojos tan pequeños
que no se tiene ya ninguna realidad
del límite,
girando sobre un punto que se contrae
y se dilata en la espera.

Y yo pienso en los hombres
que dejaron vagar sus pensamientos
por este vacío bienhechor
mientras cruzaban una callecita cualquiera
a solas
bajo la negra ternura de la noche.


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