Manolo en medio del parque

En la oscuridad
cae la nieve sobre el parque
(un parque roto y olvidado que hay
en mi barrio
y que yo atravieso con frecuencia
al regresar).

El viaje ha sido largo,
el alma temblaba como una llama
en el aire,
los pasos no dejaron ni una huella.
Pero una mano invisible abrigaba
mi cuerpo
en las horas más frías.

Ahora me rodea esta oscuridad insondable
como el aliento de Dios
y yo voy caminando y siento la nieve
que sale de su boca,
los raros dibujos trazados sobre el agua
con fina ternura,
la luz que los define y me entresaca
del manto de la noche.

La nieve está cayendo
y va pintando la alegría del parque.
Los bancos se van recomponiendo,
el cachumbambé, los columpios,
la pulida canal.
Los niños van saltando entre sus risas y
las madres los vigilan con
sus grandes ojos de amor.

Yo piso la hierba deliciosa
como quien entra en un círculo mágico,
despliego mi alma ante el ojo de la luna
y dejo que la nieve me dibuje otra vez.


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