Manolo y el dios

Jugar el juego del ciego,
su voz es dulce como la madrugada.
Yo nada veo, yo nada soy,
yo sólo quiero su voz en la noche
dibujando las palabras que me dibujarían
limpio de consecuencias en aquella ciudad.

Ligar su ombligo a la tripa del tiempo,
tragar despacio el veneno
que no se puede escupir:
la soledad del cuerpo,
la tristeza del cuerpo,
los sueños de amor y de barro
que van comiéndose la sangre
y su misterio
para que la poesía sobreviva.

Yo soy el ciego que entonaba su canto
en la vieja ciudad,
el ciego imperdonable que no quería ver.
No afuera, no en la otra parte
donde habitamos
yo y la mirada vacía
y el juego de la nada.


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