En el jarrón,
las flores secas
rescatan el espacio
de la perpetuidad
y el sonido del reloj
perfuma la casa.
Por las paredes,
la luz del fuego
juega con las sombras
y el cálido reflejo de tus ojos
me recuerda que existo
sólo porque tú
me miras.
En mi sillón, a oscuras,
palpo estas cosas
con las piernas colgadas del silencio
y me digo a mí mismo
que todo pasa.
Mañana otro dolor
a mis espaldas
reclamará este recuerdo.
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